Incluso tengo miedo de decirlo aquí. En los años 90, todos los días regresaba de la Universidad por una avenida muy transitada y siempre tomaba cualquier autobús que bajara por dicha avenida. No importaba la ruta, lo importante era aproximarme a la estación de metro que se situaba al final de esta calle.
Cierto día, como de costumbre, tomé un autobús cualquiera, repleto de pasajeros y sin nada fuera de lo normal, como siempre lo hacía en la avenida. El trayecto solía extenderse durante media hora y lo aprovechaba para leer. En cierto momento, una mujer me abordó y dijo: “Tú no vas a Sietemás, ¿verdad?”. Bastante confundido por la pregunta, no le respondí nada. Ella volvió a hablar. “Este autobús va para Sietemás. Lo mejor es que te bajes”. Le sonreí y miré para todos lados. Lo juro, cada pasajero ahí dentro me estaba mirando.
Otra mujer habló. “Bájate, muchacho”. Un hombre me asintió con la cabeza. “¡Bajan!”, gritó el cobrador al operador. El autobús se detuvo y, como era obvio, descendí totalmente confundido y sin entender absolutamente nada de lo que había pasado. Todavía faltaban algunas cuadras para llegar a la estación del metro y me tocó caminar. El autobús, aparentemente igual al resto, giró a la derecha en una calle estrecha y subió por una colina de adoquines. Un trayecto inusual.
Nunca más me encontré con aquellas personas o presencié el mismo comportamiento extraño en otro autobús de la avenida. En Facebook, organicé una comunidad sobre el tema, pero nunca di detalles para no influenciar a las personas. Quería ver si mi “delirio” tenía algún tipo de lógica. Más de una docena de personas del país relataron historias muy parecidas.
Un hombre dijo que ingresó al baño de un centro comercial y salió, según él, en una tienda distinta, situada en Sietemás. Dijo haber recorrido este centro comercial y describió puntos muy raros. Después, dijo haber regresado al baño y encontrarse de vuelta en el centro comercial original.
Una chica del norte relataba que algunas personas de su ciudad que trabajaban como mensajeros de las oficinas “se perdían en este lugar llamado Sietemás”, después regresaban y les resultaba imposible volver a encontrar el extraño sitio.
Varias personas publicaron testimonios diciendo que era algo común, de forma totalmente accidental algunas personas transitaban de aquí para allá y de allá para acá. Dicen que esto también podría ser la explicación para algunas desapariciones. Yo no lo sé.
Lo único que sé es que desde entonces suelo tener sueños con este lugar. Compilé algunos relatos y cerré la comunidad cuando empezaron a desvirtuarla con historias genéricas de terror y ficción.
Julio, Puerto Vallarta.
Mi nombre es Julio y trabajo en un gimnasio de Puerto Vallarta. Estoy sumamente contento de encontrarme con esta comunidad pues el maldito nombre no sale de mi cabeza.
Hace seis meses, fui con mi novia al cine. Celebrábamos dos años de relación. Hicimos lo típico: cenamos en el centro comercial y después fuimos a ver una película. Apenas salimos de la sesión, caminamos por los pasillos para ver las vitrinas. Mi novia me dijo que iría a comprar un bolso y me pidió que la esperara cerca de un puesto de revistas. Sospechaba que me tenía preparada alguna sorpresa, así que acepté y fui a hojear algunas revistas en una banca. Le dije que la esperaría y ella se fue diciendo que no tardaría mucho.
Apenas se fue, me dirigí al baño que quedaba exactamente frente al pasillo del puesto de revistas. Había unas cinco personas en este lugar que es bastante amplio. Sin embargo, todos los urinarios estaban ocupados, por lo que fui a un inodoro en un gabinete. Fue algo rápido y ni siquiera llegué a cerrar la puerta. Tomé el celular de mi cinturón y lo puse sobre una repisa de madera.
Lo más extraño es que ni siquiera estuve dos minutos dentro del baño. Escuché risas de niños en el baño y conversaciones. Apenas terminé de orinar, salí. No sé si pueda describirlo, pero había algo extraño en el baño. No suelo fijarme mucho en los detalles. Sin embargo, sentí que algo había cambiado. Empezando por las luces que estaban amarillas y no blancas. Eran muy amarillas. Una franja verde bastante gruesa cruzaba la pared y los espejos eran más pequeños. No había nadie en el interior. Ni siquiera los niños que estaban riéndose hacia unos pocos segundos.
Me lavé las manos y creí que me estaba quedando loco. Para mí, el agua parecía bastante caliente y gruesa. Un poco repugnante, para ser sincero. Busqué papel y no encontré. Salí sacudiendo las manos para secármelas con el aire.
Fuera del baño, creí que me iba a desmayar. Pensé que había ido por la puerta equivocada o entrado a otro corredor. Bueno, al menos eso fue de lo que intenté convencerme. El centro comercial parecía más una bodega. Aún era un centro comercial, conceptualmente, pero mucho más viejo y desgastado. La luz era débil y las tiendas parecían atestadas de productos. Todo muy desaliñado.
Caminé con premura hasta una zona más abierta y ahí tuve la certeza de que no me encontraba más en un lugar conocido. Nada se parecía a lo que había visto en algún lugar de mi ciudad o en la televisión. Empezando por los pequeños detalles que me asustaron. Había acuarios del tamaño de botes de basura esparcidos por todo el lugar. Dentro de estos acuarios pude identificar una especie de tela, algo así como un trozo de manta color purpura que se movía en el agua.
Las personas iban hasta estos acuarios, ponían las dos manos encima y empezaban a reír. Y era una risa fea, como si tosieran con el pecho lleno de flemas. Me quedé congelado, observando estos acuarios. Las personas iban en grupos de dos o tres, apoyándose y riéndose. Moví la cabeza para todas partes buscando a mi novia. Lo único que quería era comprender lo que estaba sucediendo y ver un rostro familiar.
Las personas pasaban a mi lado y me ignoraban. Parecían personas normales, pero no del todo. Se parecían mucho entre sí. No eran idénticas, como los gemelos. No sé cómo explicar. Es como cuando viajas a un país diferente donde las personas tienen rasgos comunes, pero también características particulares.
¡Ah!, y el puesto de revistas ya no estaba allí.
En su lugar, un sujeto vendía artesanías o algo así. Tenía una mesa grande de madera rustica repleta de objetos negros que parecían hechos de metal. Estos objetos tenían formas extrañas: ganchos, herraduras y engranes. Me acerqué y me preguntó si iba a comprar o intercambiar. No le respondí.
Una niña, de más o menos siete años, se acercó y tomó una pieza de hierro que parecía una cuchara negra y se la mostró a su madre. La madre se acercó y sacó su billetera para pagar. La niña apuntó la cuchara en mi dirección y entonces pude ver bien su rostro. Era normal, pero también tenía algo inusual. No sé si eran las cejas o la distancia entre sus ojos. Sentí un temor inexplicable. La mirada de la niña transmitía una maldad enorme.
El hombre le respondió:
– No, no, él no va a comprar, lo puedes llevar. Creo que ni siquiera es de Sietemás.
La madre me miró con disgusto. Tomó la cuchara de la niña, la puso de nuevo sobre la mesa y apartó a la niña de mí, como si yo fuera un enfermo contagioso. Empecé a sentirme mal y me senté en un banco de madera parecido a los bancos normales del centro comercial, excepto que estos eran mucho más bajos y para una sola persona. Vi otros bancos como este en ese lugar.
Un sonido fuerte empezó a escucharse y todo el mundo dejó lo que estaba haciendo para mirar hacia arriba. Era un sonido alto y grave como esas bocinas de los barcos que vemos en las películas. Después que el sonido se detuvo, todos siguieron con sus cosas.
Pensé en mi novia y en mi madre. Aquello solo podía ser un sueño. Rápidamente me levanté y me sentía tan mal que tuve que apoyarme sobre una vitrina que, lo digo con toda honestidad, vendía palomas vivas. ¡Palomas! Una decena de palomas merodeaban allí, intentaban volar y se estrellaban contra el cristal de la vitrina.
Las personas empezaron a mirarme y apuntarme. Susurraban.
Decidí llamar a mi novia. Puse la mano en el cinto y mi celular ya no estaba allí. Había olvidado el aparato en el baño. Volví por el mismo pasillo y entré rápidamente al baño. Había tres hombres sentados en el suelo del baño. Uno de ellos bajo el lavabo. Hablaban de algo que ni siquiera quería saber. Pasé por encima de ellos y entré al baño.
Mi celular aún estaba allí. Aseguré la puerta, me senté en el inodoro e intenté llamar a mi novia, pero resultó imposible. El celular simplemente había dejado de funcionar. Escuché la risa de los niños nuevamente. Me quedé allí durante unos diez minutos, hasta que alguien golpeó la puerta. Era el hombre del puesto de revistas. Dijo que me había visto entrar en el baño y que mi novia ya me esperaba en la banca. Preguntó si me pasaba algo malo.
El baño tenía luces claras y el centro comercial estaba normal. Mi novia no me creyó una sola palabra, pero notó que estaba realmente nervioso. Fue el peor día de mi vida. Arruiné nuestra celebración con un malestar estomacal horas después. Desde entonces no he vuelto al centro comercial y estoy pensando seriamente en ir a terapia. Creí que me había vuelto loco hasta que vi esta comunidad con el mismo nombre. Sietemás. Dios quiera y no exista en la Tierra un lugar como ese.
Antonia, 40 años.
Amigos, me sucedió esta semana. Estaba viendo televisión mientras mi hija de 7 años, Patricia, jugaba en la sala. Hizo unos garabatos en un papel y me dijo:
– Mamá, faltan estos días para que vaya a la fiesta en casa de papá.
Estaba en lo cierto. Faltaba un día para la fiesta. Antes que pudiera decir algo, el teléfono sonó. ¡Justo a la hora de la novela! Atendí de mala gana. Principalmente porque la extensión de la sala no funcionaba y tuve que ir a la habitación. Era un hombre con una voz extraña. Muy gruesa y áspera.
– ¿Señora Antonia, es usted madre de la niña Patricia?
– Sí, soy yo. ¿Quién pregunta?
– Tiene que ir a la escalera del condominio a buscar a su hija.
– ¿Escalera? ¿Qué escalera? ¿Cuál condominio?
– No lo sé, señora. ¿Acaso no iba vestida con una camiseta verde cuando desapareció? Señora puede ir hasta la escalera del condominio y…
– ¿Camiseta verde? Mi hija no tiene ninguna camiseta verde, estás loco. Escúchame, voy a llamar a la policía. Mi hija está en la sala conmigo. Vivimos en una residencia particular y no en un condominio. Deja de molestar a estas horas.
El hombre colgó.
Corrí hasta la sala y Patricia aún estaba allí, tranquila con su cuaderno y un montón de crayolas. Ayer envié a Patricia a la casa de su padre para la fiesta. Le puse una blusa de color rosa y un suéter encima. Mi esposo la regresó en la noche. Patricia me abrazó fuerte cuando me vio. Le pregunté si todo había ido bien, él me dijo que antes de traerla, pasó por la casa de su horrenda novia nueva y Patty derramó jugo en su blusa, por lo que tuvo que tomar una camiseta prestada de la hija de su novia.
Así es, mi hija llevaba una camiseta verde.
Quise saber si había sucedido algo extraño además de eso, y él me respondió que no. Me dijo que Patricia había salido de la fiesta muy contenta, pero que a su regreso parecía muy extraña y seria. En realidad, mi hija estaba muy rara.
Cuando mi exesposo se fue, intenté hablar con Patty, pero al inicio no se abrió. Insistí mucho y ella me contó que cuando bajaba por las escaleras del condominio de la novia de su padre terminó perdiéndose y fue a parar a un condominio llamado Sietemás. Dijo que lloró mucho y llamó a su padre hasta que un hombre amable, con los ojos amarillos, la tomó de la mano y la llevó a su casa.
– Espera, ¿qué historia loca es esa? No te alejaste de tu padre, él te trajo. Todo está bien – le dije con la nuca helada.
– El buen hombre de ojos amarillos llamó por teléfono aquí, mamá, pero tú le dijiste que llamarías a la policía y que yo estaba aquí y colgó. Después, me mandó a bajar la escalera del condominio otra vez y papá me encontró.
Hasta hace poco, antes de entrar a Facebook, mi hija me mostró una hoja de papel con siete líneas. Le pregunté que era aquello y me respondió:
– Esos fueron los días que me quedé en la casa del hombre, lejos de ti, mamá.
No sé qué decir. Mi hija pasó solo unas horas lejos de mí, pero relata con mucha convicción y detalles esos siete días que fue huésped en la casa del hombre de ojos amarillos en Sietemás.
Historia de Laura, 20 años.
Amigos, mi hermana y yo nos estamos volviendo locas pues acabamos de encontrar este sitio.
Durante el segundo semestre de 2014 yo vivía en Ciudad de México con mi hermana y mi prima. Un primo fue a pasar algunas semanas allá y decidimos regresar en automóvil con él a Zihuatanejo. Pasando Cuernavaca, el Waze nos dio una ruta que parecía ser la más rápida debido a un bloqueo en el camino normal, la tomamos cuando empezaba a anochecer.
Al comienzo todo estaba bien, pero a medida que seguimos el camino se hizo muy sinuoso, rodeado de un bosque espeso, no había acotamientos y ningún automóvil cerca. Después de más de una hora recorriendo curvas y más curvas, empezaron a aparecer varios camiones que pasaban muy cerca de nosotros. El GPS perdió la señal, no había área de cobertura y la batería de todos estaba terminándose. Solo la del celular conectado al automóvil funcionaba. Todos empezamos a sentir miedo dentro del auto pues, según Waze, seguiríamos 8 horas por esta ruta hasta llegar a Acapulco, que está a mitad de camino y normalmente a tres horas.
Después que los camiones se fueron, nos volvimos a quedar solos en la carretera. Empezamos a sentir un olor a quemado, parecía que venía del interior del auto pero no pudimos ver ningún tipo de humo. Llegamos a un área donde había un descanso y decidimos detenernos. Cuando salimos del auto, de verdad, el cielo era una cosa absurda, jamás vi un cielo como ese. Nos quedamos un buen tiempo mirándolo pues parecían esas fotos de constelaciones. Pero a mí me generó una sensación muy desagradable y empecé con una crisis de ansiedad, les dije que nos fuéramos de allí.
Siguiendo el camino, pasamos al lado de un automóvil carbonizado, y todo mundo empezó a creer que era nuestro auto, que habíamos muerto en un accidente y que habíamos quedado prisioneros en esa carretera para siempre. Después de ese carro, empezaron a aparecer personas caminando a solas por la carretera. Cada kilómetro una o dos personas vagando. Esa gente estaba en el medio de la nada, y empezamos a preguntarnos qué hacían aquellas personas caminando en la madrugada por aquella carretera. Después de casi cinco horas así, llegamos a lo que parecía una pequeña ciudad. Muy rara, muy oscura, con muchas personas caminando por las calles. Vimos un bar donde había personas sentadas al frente y decidimos parar para usar el baño y tranquilizarnos un poco.
Estacionamos el auto, atravesamos la calle y nos dirigimos al bar. Cuando llegamos, todos los presentes nos miraban de una forma extraña. Mi hermana, mi prima y mi primo fueron al baño, yo me quedé sola esperándolos, y las personas no dejaban de observarme. Decidí salir del bar y esperar en la puerta, donde había una mesa con cuatro personas, tres hombres y una chica que parecía de mi edad. Empezaron a hablar de mí, a apuntarme, hasta que me sentí terriblemente incómoda.
Los tres regresaron del baño diciendo que todo era muy raro, que había huecos enormes en los gabinetes y que era posible conversar con quien estaba en el baño de hombres desde el baño de mujeres y viceversa. Mi hermana compró agua, bebidas energizantes y algo de comer. El dueño del bar la atendió sin decirle nada, de una forma muy tosca. Regresando al auto, les platiqué de la mesa de la chica que había hablado de mí, seguían allí, mirándonos de esa forma extraña.
Volvimos a la carretera y después de casi dos horas llegamos a Acapulco. Solo allí la señal del celular volvió, mi celular se encendió y tenía casi la mitad de la batería, además que eran casi las 11 de la noche, perdimos totalmente la noción del tiempo pues creíamos que ya era de madrugada.
Al día siguiente fui a investigar sobre esta carretera. Resultó ser una de las rutas más peligrosas del país, escenario de muchas muertes en el estado y prácticamente solo transitada por los camiones.
El artículo Viajes a universos paralelos: Sietemás fue publicado en Marcianos.
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